
Son innumerables los temas asociados a esta hermosa promesa.
Bíblicamente se reconocen tres tipos de cielos: el cielo que podemos observar a simple vista (Jer. 4.25; Gen. 1:8,20); el espacio sideral que podemos ver con aparatos sofisticados como los telescopios (Salmos 8:3,4); y el cielo donde habita Dios, inaccesible al ojo y al ingenio humano (Efe. 4:10).
El tercer cielo o el Paraíso donde habita Dios es un lugar de residencia prometido para nosotros. El acontecimiento estupendo que nos llevará allá sucederá al momento de la segunda venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.
Solo entonces los que nos precedieron con la muerte resucitarán para recibir al Señor en los aires e ir al cielo junto con nosotros; otros, no obstante, resucitarán para recibir su condenación eterna (Mat. 25:46).
La idea de que al momento de morir vamos al cielo es una simple fábula agradable pero que rebaja la verdad absoluta especificada por Dios mismo en su Palabra. (Ecl. 9:5,6).
La muerte es un estado inconciente del ser humano y la consolación bíblica en la que podemos reconfortarnos sobre una resurrección en los postreros días brinda una mejor y tranquilizadora esperanza para los que todavía vivimos.
Nadie al morir se va directamente al cielo. Al contrario baja a tierra a tomar un descanso inconciente comparado con el hecho de estar durmiendo. Es maravilloso saber que en el último tiempo vendrá el Dios de
En el mismo sentido, nadie cuando muere reaparece a los vivos invocado como espíritu. Tales personificaciones corresponden a ángeles malignos con suficiente capacidad para transformarse. Tales espíritus son las huestes satánicas. Sustentados en una hipócrita benevolencia pero conspirando en sus entrañas causar el peor mal posible.
Por otro lado, una realidad lamentable es que no todos desean estar en el cielo. Vivir en el cielo es un ambiente en donde todo deseo egoísta habrá desaparecido para siempre. La adoración a Dios es constante, pues es digno por cuanto es Creador-sus criaturas le rinden homenaje por su propia existencia- y Redentor, por su amoroso sacrificio en la cruz.
Los habitantes del cielo se gozan en cumplir la voluntad de Dios y los que quedan fuera de el es porque prefieren hacer su propia voluntad.
La decisión es nuestra, Dios quiere que todos estemos en el cielo, pero nos ha dado libertad suficiente y no puede forzarnos. Busca la siguiente cita para meditar, Apoc. 21:1-4.
¡Hasta la próxima semana!
